jueves 12 de noviembre de 2009

Juan Rodolfo Wilcock

Autor de La sinagoga de los iconoclastas




JUAN RODOLFO WILCOCK (1919-1978) -uno de los novelistas, cuentistas y críticos más singulares y uno de los poetas más puros de las letras italianas de estas últimas décadas- fue, aproximadamente hasta fines de los años 50, uno de los más exquisitos poetas líricos argentinos de la generación del 40. No me permito recordarlo por impertinencia, sino porque entre los escritores argentinos con quienes me encontré, tanto en Europa como en mi reciente viaje a la Argentina, algunos conocían, por cierto, el nombre y la trayectoria literaria de Wilcock, pero muy pocos lo habían leído. Esto se explica: al parecer, ninguno de sus seis libros de poemas publicados en Buenos Aires entre 1940 y 1953 fue reeditado; en cuanto a su obra en italiano, sólo se tradujeron El caos (Sudamericana, 1974), catorce años después de su aparición, La sinagoga de los iconoclastas (Anagrama, 1981), y ahora El ingeniero (Losada, 1997).

Tenía 22 años cuando conoció a Silvina Ocampo, Bioy Casares y Borges. "Estos nombres", escribirá años después, "fueron la constelación y la trinidad de cuya gravitación saqué, especialmente esa leve tendencia, que puede advertirse en mi vida y en mis obras, a elevarme -aunque sea modestamente- por encima de mi gris, humano nivel original. Borges representaba el genio total, ocioso y perezoso; Bioy Casares, la inteligencia activa; Silvina Ocampo era, entre ellos dos, la Sibila y la Maga que les recordaba en cada movimiento y en cada palabra (suyas) la singularidad y el "misterio" del universo. Yo, espectador inconsciente de este espectáculo, quedé para siempre deslumbrado y conservo el recurso indescriptible que podría conservar, justamente, quien tuvo la felicidad mística de ver y oir el juego de luces y sonidos que constituye una determinada trinidad divina".

Tal fue, para Wilcock, la infancia de su arte. La fortuna eligió bien a las hadas que se inclinaron sobre su cuna. Traductor incomparable del inglés, alemán, francés y español al italiano, y de las tres primeras lenguas, más la italiana, al español (antes de emigrar de su país de origen), cabe preguntarse por qué eligió el italiano para realizar su obra.

Wilcock fue precavido y nos proporcionó la respuesta: "Como escritor europeo elegí el italiano para expresarme porque es la lengua que más se parece al latín (quizá el español es más parecido, pero el público español es apenas el espectro de un fantasma). En un tiempo, toda Europa hablaba latín, hoy habla dialectos del latín. (...) Por lo tanto la lengua tiene una importancia relativa; lo que cuenta es no caer en lo folclórico; qué decir, en fin, del inglés de los Estados Unidos, cuando emprende vuelo por cuenta suya y se aplana en 125 palabras. Es como si a un jugador de ajedrez le dijesen: "Aquí se juega a nuestro modo, con un solo caballo y sin torres". Beckett quizá no se da cuenta, pero escribe casi en latín; su poema Sans, de 1970, va más atrás en el tiempo, parece sumerio, más bien pictográfico".

A partir de 1972, después de haber visto editadas sus obras por Pombiani y Einaudi, entre otros, Wilcock tuvo la suerte de ser publicado por Roberto Calasso, gran ensayista y factótum de una de las mejores editoriales europeas: Adelphi. Fue una oportunidad de privilegio, por cuanto Wilcock ha sido uno de los primeros escritores vivientes que figuró en un catálogo consagrado a escritores de Mitteleuropa y, principalemente, a los muertos ilustres. Fue una oportunidad porque, aun en Italia, se tiende a olvidar a aquellos escritores que sólo han sido apreciados por sus pares. Adelphi representa una garantía de supervivencia.

En Francia le aguardaba pareja suerte, un éxito propio de los happy few : entre 1976 y 1985, Gallimard le publicó cuatro obras. A ellas se sumaría la espléndida traducción de Los hermosos días -el más bello entre sus libros de poemas argentinos- que Silvia Baron Supervielle entregó a la editorial La Différence.

Permítanme interrumpir por un instante esta crónica más bien pedagógica para evocar, a modo de reconocimiento póstumo a Wilcock, dos o tres recuerdos suyos.

Corría el verano de 1955. Yo estaba sentado en un banco de la Plaza San Martín, en Buenos Aires. Sin duda, compartía el desánimo de todos cuantos aspirábamos a la libertad. Vi venir hacia mí a Wilcock, al que había tratado en dos ocasiones y que me intimidaba por su ironía -como ha dicho su amigo Calasso, estaba "en acecho detrás de cada sílaba"-, su intolerancia frente a los lugares comunes o a cualquier frase de circunstancias. Al verme, se detuvo; nos saludamos; no quiso sentarse. Como si prosiguiera una conversación conmigo, me dijo: "Si no te vas de este país ahora, estás perdido para siempre". Por cierto que deseaba irme, pero no tenía los medios. "Hay un barco que parte para Italia, no es caro, dentro de veinticinco días. Tus amigos pueden organizar un espectáculo y reunir el dinero del pasaje. Yo me voy en él. No es caro", repitió, y siguió su camino.

Tomé ese barco, pero no lo encontré a bordo hasta dos o tres días después de haber zarpado. Ocupaba un camarote diminuto que daba a cubierta; estaba leyendo El viejo y el mar en la revista Esquire .

Comprendí al punto que no tenía muchas ganas de verme. Le pedí la dirección de alguna pensión romana. Me indicó una, en un barrio siniestro. Y nunca más volvimos a vernos. Había sido un emisario del destino; había cumplido su tarea para conmigo. Estaba bien así.

Cuando Wilcock publicó en Adelphi El estereoscopio de los solitarios y La sinagoga de los iconoclastas , en 1972, yo era lector (externo) de literatura italiana en Gallimard. La editorial había decidido traducirlos y, enterada de que yo conocía al autor, me pidió que le escribiera. Así lo hice pero, evidentemente, Wilcock se había olvidado de mí y mi nombre no le decía nada. Lamento no haber guardado su respuesta -la entregué al editor- pero recuerdo el contenido y aquel encabezamiento: " Caro signor Bianciotti ". "No comprendo cómo un editor tan serio como Gallimard puede querer traducir mis libros -decía-. Aquí, apenas si los consideran buenos para tirarlos a la basura. En todo caso, habría que esperar a que Adelphi, a la que creo menos ladrona que Bompiani, recupere los derechos de mis libros precedentes. De todos modos, no comprendo el propósito de traducirme al francés, ya que en Francia no hay traductores."

Transcurrieron unos tres meses y, cuando devolvió el contrato firmado, me escribió una carta encantadora. Se había acordado de mí.

El estereoscopio de los solitarios agrupa unos sesenta relatos breves. Pueden leerse como una novela, una vasta alegoría a lo Swift con personajes e historias que son otras tantas metáforas de un mundo irremediablemente absurdo.

Allí encontramos bordadoras trenzando galones militares en medio de un campo de batalla perpetuo; una poetisa desdichada, tan mala que ni siquiera es capaz de suicidarse para, al menos, poder castigarse a sí misma luego de haber transformado a sus amantes en estatuas; un leproso que procura engañar su soledad recurriendo a unos espejos que multiplican su imagen hasta el infinito; una gallina, lectora en una editorial, que despedaza y engulle los manuscritos que le desagradan; una sirena condenada a alimentarse del detritus de un río contaminado; unas valquirias desocupadas y envejecidas que recogen el pan duro que le arroja la gente...

Estos son sólo algunos de los sesenta y tantos personajes de esta comedia humana en que una cólera amarga, a lo Céline, se disimula bajo gags al estilo de los hermanos Marx.

La sinagoga de los iconoclastas , libro gemelo del anterior, narra más de treinta vidas imaginarias de hombres geniales: teóricos, utopistas, sabios, inventores en todas las disciplinas, cuyas ideas -de haberse desarrollado- habrían cambiado totalmente la faz del mundo... Entre ellos figuran el norteamericano Bobson, que no está lejos de descubrir el elemento atómico capaz de anular la gravedad; el francés Beloin, inventor de ferrocarriles submarinos; el rumano Gheorghescu, que espolvoreacon sal a los negros de Belém para que sus cuerpos, con un arenque en la boca y vueltos hacia Jerusalén, arriben al Juicio Final en buen estado de conservación; el genovés Felicien Raegge, que intuyó la naturaleza reversible del tiempo;Absalon Amet, relojero de La Rochelle, inventor de un aparato productor de frases, algunas famosas, como la proposición "el infierno son los otros", formulada en 1774...

Los relatos, a la vez cómicos y apaciblemente crueles, que componen estos dos libros -a mi juicio, los más representativos de la prosa de Wilcock- muestran una de las facetas esenciales de una obra múltiple, cuyo espíritu podría resumirse en esta confesión del autor, paradójica y elípticamente feroz: "Describir a los hombres es ejercer la compasión. Tratar a todos por igual: la literatura no tolera la injusticia".

En ocasiones, Wilcock imitaba a sus criaturas. Cuando reemplazó, por algunas semanas, al crítico teatral de Il Mondo (el diario en que, ante todo, era un crítico literario incomparable) se comportó como uno de sus personajes: asistir a las funciones lo aburría a tal extremo que muchas veces reseñó con bastante precisión, minucia e inventiva espectáculos inexistentes, haciéndoles creer a los lectores que se habían dado en Oxford, Tánger u otros lugares... Asimismo, firmaba unas crónicas con seudónimo y otras con su verdadero nombre para entablar polémicas encendidas... Dicen que su "invención" más acabada fue describir la puesta en escena de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein...

Recuerdo que Roberto Calasso me dijo, respecto a Wilcock: "Amaba a Wittgenstein, la poesía y la lectura de Scientific American (así, quizá, lo habría descrito Marcel Schwob); estas tres cosas le procuraban una felicidad suficiente".


Por Héctor Bianciotti
Para La Nacion - París, 1998
Ilustración de Héctor Luis Bergandi

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Fuente:http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=209270

1 comentarios:

Belnu dijo...

Qué buen artículo! Yo no he leído a Wilcock pero lo remediaré...